Hay que ponerse en marcha. Enfundarse el traje. Es el mismo traje que visto en mis conciertos ya que no tengo otro. Todo el mundo está triste a la vez que guapos. Bien vestido. Las manos se ocultan en los bolsillos. En el pantalón del traje holgado puedo apretar el relojito roto. Allá vamos, pese a la piel de los ojos tan arrugada como la superficie de un largo día de mucho viento.
Los invitados al entierro caminan inclinados como fantasmas de árboles muertos. Las personas que queremos nos rodean, parecen incómodos y cargan con una bolsa de amor en los brazos. Quieren dárnosla sin que nos estorbe. No sabemos qué hacer con todo ese amor en los ojos de la gente, con las flores y con la batería que parece impregnarlo todo. Han venido disfrazados de regalos oscuros. Los hombres trajeados, yo el primero, las mujeres endomingadas para la muerte. Puede decirse que es por ti, puede decirse lo que se quiera, pero queda la muerte y nada más.
El sol golpea la iglesia en el momento en que llegas dentro del ataúd que tanto nos costó elegir.El sol golpea sin calor, como un recuerdo del verano. Los plátanos del pueblo nos indican el camino, ellos también se han puesto su traje oscuro para la ocación. Arrastran el viento en sus ramas, es la música de fondo, para que el silencio no engrandezca demasiado el vacío. Y el viento agita las ropas bien planchadas y los cabellos bien peinados. La gente deja sus bolsas de amor en el suelo y todo se hace añicos. Conozco ese ruido de corazón roto. Incluso las flores que se rozan entre ellas suenan como huesos. Quiero a esa gente sencillamente por estar justo dende están. No pretenden nada más que eso, estar ahí. Siento que se me despliega la sombra, me agarro a ella y la meto hecha toda una bola en los bolsillos del pantalón; no quiero que la vean. El ataúd est&aaacute ahí.